Cuando llegues a Marruecos por primera vez, seguramente notes que hay algo que no funciona exactamente cómo estás acostumbrado, y por mucho que agudices la mirada intentando detectarlo, quizás no llegues a descubrir exactamente de qué se trata. Mirarás alrededor de ti, buscando y buscando, pero la diferencia seguirá sin desvelarse ante tus ojos. Como intuyo que comienzas a impacientarte, te lo aclararé yo mismo, y en cuanto lo haga, no podrás dejar de preguntarte cómo es posible que no lo hayas comprendido sin mi ayuda. Eso que tanto te llamaba la atención es el tráfico. Ya lo he dicho, y ahora no podrás dejar de mirarlo, hipnotizado por su alegre caos.
Supongo que además no desearás destacar durante tu estancia. Te gustaría pasear sin que nadie te mire sorprendido por tu forma de comportarte, así que lo mejor que puedes hacer es imitarlos en todo lo que hacen. Te voy a facilitar un puñado de pautas sobre su forma de moverse. Imítalos tanto como puedas, quizás al final logres que te confundan con algún autóctono.
Al caminar por las calles, lo fundamental es que te comportes como si los semáforos fueran únicamente elementos decorativos. De hecho, en la mayor parte de las ocasiones, te resultará de lo más sencillo, ya que no existen para los peatones, sino únicamente para los conductores, por lo que es casi imposible saber cuándo es el momento de cruzar, así que casi es mejor que los obvies por completo. En ocasiones te encontrarás unos hermosos pasos de cebra recién pintados en la calzada, pero ni se te ocurra pasar por ellos, resultaría muy sospechoso, es mucho más tradicional hacerlo por cualquier otro sitio. Y, sobre todo, al lanzarte sobre el asfalto, ni se te ocurra observar si acaso viniera algún coche a toda velocidad por la avenida. Tú lánzate sin pensártelo dos veces, que ya se parará justo antes de atropellarte. Debes avanzar sin mirar hacia los lados, como si no valoraras tu integridad física. En cuanto algún otro peatón se juegue la vida avanzando por el asfalto delante del tráfico furioso, se abre la veda que nos da permiso a cruzar la calle sin miedo a ser arrollados por algún vehículo que se indigna por nuestra molesta presencia. Poco a poco aprenderás a pararte en medio de la calzada, justo en el hueco que dejan los autobuses que avanzan sin frenar, esquivando a los intrépidos peatones.
Cuando circules por las calles, si quieres que te acaben confundiendo con un marroquí, es fundamental que te tapes los oídos para aislarte del mundo. Esto te ayudará a olvidarte de los peligros que circulan a tu alrededor. Los chavales jóvenes llevan puestos permanentemente unos auriculares, incluso cuando están hablando con alguien. Algunas mujeres, en cambio, han encontrado un uso fabuloso al velo. Se lo ciñen a la cabeza y colocan su teléfono móvil pegado a una de las orejas, sujeto por el pañuelo que impide que se caiga. De esta forma se queda fijo sin necesidad de agarrarlo con las manos. Y así consiguen charlar durante toda la mañana mientras resuelven los recados pendientes y cruzan de acera, ajenas a los cláxones de los coches que protestan por su presencia en mitad de su camino.
Una vez te acostumbres a estos comportamientos básicos, quizás sientas interés por las acciones de mayor riesgo, que suelen ser protagonizadas por los más jóvenes. Los niños, a falta de un terreno de juego, se apropian de las calles para jugar al fútbol. Ponen un par de piedras enormes a modo de portería y se apoderan de la avenida en cuanto se esconde el sol, o se adueñan de alguna carretera de montaña durante toda la mañana del domingo. Cuando termina el partido, ya se les ha hecho tarde y sus familias los esperan para cenar, entonces les entra prisa por regresar a casa cuanto antes. Si tuvieran dinero, cogerían un taxi, pero la verdad es que no tienen ni medio dírham en el bolsillo. De hecho, ni siquiera tienen para pagarse el billete del autobús, así que esperan su llegada en la parada. En cuanto lo ven aparecer, los viajeros comienzan a subirse por la puerta delantera y los chavales se colocan estratégicamente en la parte posterior. Alguno se queda asomándose en un lateral, y en cuanto arranca, les da el aviso a sus amigos y todos ellos se agarran como pueden a los salientes del autobús, que se aleja por la avenida con media docena de críos colgando.