Levanto la cabeza. La bruja ya ha pasado. Los corderos que la acompañaban han dejado de balar. Un trabajador se afana en retirar las velas de la negruzca pared para hacer hueco a las nuevas ofrendas. Los gritos femeninos suplicando la baraka de Aisha invaden el recinto. El árbol que todos veneran es una higuera. Ya no podré volver a ver ninguna sin recordar esta rigidez en mis piernas. Mi amigo ha notado mi nerviosismo y me dice que no debo temer nada mientras me encuentre con él. Me llama la atención que las personas salgan del recinto con hogazas bajo el brazo. El resto de los objetos los han dejado rodeando el tronco. Mi guía asegura que esos panes traen buena suerte. ¿No estarán malditos y los utilizarán más adelante para aprovecharse de alguien con excesiva confianza? No me responde. Me indica que salgamos, pero lo impide una vaca envuelta en una sábana blanca que llega por el estrecho pasillo. La acompaña otra bruja que se hace seguir de un par de músicos que aporrean sin descanso sus tambores. Imad se enfada porque en los cánticos mezclan a Allah con los hechizos. Kul shi haram. Corderos adornados con pañuelos, animales que avanzan a rastras hasta la sala del sacrificio. El suelo ajedrezado está teñido de sangre. El encargado de matarlos se acerca a una de las mujeres con el cuchillo que aún gotea y lo limpia en la frente y en las muñecas de la mujer. Se oye el regurgitar del animal mientras ella clama que siga manchándola con la sangre del animal. Zid il baraka. Siento que me voy a desmayar.
Nos alejamos por el pasillo que forman las tiendas. El estruendo de los músicos se pierde entre la multitud que avanza curiosa. El aire deja de estar contaminado por el incienso. Ya no noto las miradas inquisidoras. Mi cuerpo se agita como si necesitara eliminar la tensión. Imad propone ir al mausoleo de Sidi Ali. Esto sí es musulmán. Al estar todo entremezclado me resulta complicado establecer el límite. Entra a rezar. A su regreso me explica que Sidi Ali era un musulmán con baraka que aún puede expulsar los yines que se adentran en las personas. Me callo que suena similar a la higuera de Aisha. No voy a enfadar al único que me echará una mano si algo ocurriera. Me señala la fuente a la que se llega descendiendo por un pasillo cubierto por toldos de plástico. Yo preferiría marcharme ya. He tenido más de lo que quería. Mi amigo se burla de mi temor y me anima a seguir. Comienza a andar despacio y me indica con un leve gesto de cabeza dónde mirar. Nada de fotos. Cuernos de cabra, culebras con las bocas abiertas, murciélagos disecados. La sucesión de tenderetes se prolonga hasta la fuente de agua. Unas ancianas controlan la entrada a dos habitáculos protegidas por telas negras. Uno para hombres, el otro para mujeres. Salmodian incansables. Los presentes me observan fijamente, quieren saber qué hago allí. Finjo esperar a un amigo. Las mujeres vestidas con chilabas de terciopelo llevan toallas en la mano. Un sonoro cacareo enmudece de golpe. El suelo está encharcado, enrojecido por los rituales. Un cojo se acerca lentamente y me dice al oído que no me fíe de nadie allí. Me gustaría salir disparado y aterrizar de inmediato en la terraza de un café.
Subo rápidamente las escaleras sin ánimo para comprender qué hacen en aquella fuente. No quiero más males de ojos, ni brujerías. Mi corazón cabalga descontrolado. Durante el ascenso, los latidos se aceleran por la continua presencia de camaleones petrificados, de preparados para brujería y de profundas miradas que amenazan con no dejarme escapar de aquella oscura cueva. El serpenteante pasillo custodiado por las tiendas es la única salida. Mi amigo me apremia para que subamos deprisa. Unas mujeres han comenzado a preguntar quién soy yo, qué hago allí. Shnnu briti nta? Finjo no comprenderlas. Un tumulto de chilabas bloquea nuestra huida. En el suelo se exhiben cristales y hierros ennegrecidos. Imad me señala el interior de una concurrida caseta. Un pequeño fuego arde en un brasero de barro. Una mujer abierta de piernas recoge el humo en sus entrañas. Cierro los ojos y me agarro a mi amigo. Dejo de mirar.
En la calle principal, aún incómodo, un niñito se acerca y nos ofrece unos panes. Ninguno de los dos creemos en la magia negra, pero hemos pasado de largo. No pienso comer nada en todo el día.